Su padre no encontró palabras para defenderse.
Aquella noche, Sabía comprendió que el silencio de su familia no había comenzado con la desaparición de Mateo.
Era mucho más antiguo.
Había comenzado con Isabel.
Y quizá todo lo demás había sido una consecuencia de aquella primera mentira.
La llamada a medianoche
Eran casi las dos de la madrugada cuando Daniel recibió una llamada.
Escuchó durante unos segundos y después se volvió hacia los demás.
—La abogada ha encontrado algo en los documentos que le envié.
Mateo se puso de pie.
—¿Qué cosa?
Daniel activó el altavoz.
Una mujer habló desde el otro extremo.
—He revisado los archivos y hay una transferencia que no coincide con ninguna de las operaciones conocidas. El dinero se envió a una cuenta que sigue activa.
—¿A nombre de quién? —preguntó Sabía.
La abogada hizo una pausa.
—A nombre de Isabel.
Nadie se movió.
—Eso es imposible —susurró el padre.
—La cuenta se abrió hace dieciocho años —continuó la mujer—. Y hace apenas tres semanas se realizó un movimiento.
Mateo miró a Sabía.
Tres semanas.
Era el mismo período en que Daniel había recibido la carta anónima.
—¿Puede rastrearse el origen de la operación? —preguntó Daniel.
—Sí. La transferencia se autorizó mediante una cuenta vinculada a una empresa que comparte dirección con una de las antiguas propiedades de Gabriel.
Mateo apretó los puños.
—Entonces sigue en contacto con ella.
—No podemos afirmarlo todavía —respondió la abogada—. Pero hay otro detalle. La persona que realizó el movimiento dejó una nota.
Sabía sintió que el corazón se le aceleraba.
—¿Qué decía?
La mujer leyó las palabras lentamente:
—«Es hora de que los tres hermanos vuelvan a encontrarse».
La llamada terminó unos minutos después.
Nadie habló.
Tres hermanos.
Mateo, Sabía e Isabel.
La familia que habían conocido durante toda su vida estaba construida sobre una ausencia que nadie se había atrevido a explicar.
Sabía miró a su hermano.
—Tenemos que encontrarla.
Mateo asintió.
—Y esta vez no vamos a dejar que nadie decida por nosotros.
Su padre se acercó lentamente.
—Por favor, dejadme ayudaros.
Sabía lo observó durante un largo momento.
Todavía lo quería. Era su padre, y ninguna revelación podía borrar de golpe todos los recuerdos de su infancia.
Pero el amor no podía obligarla a confiar ciegamente.
—Puedes ayudarnos —dijo finalmente—. Pero no volverás a ocultarnos nada. Si sabes algo, por doloroso que sea, tendrás que contarlo.
Su padre asintió con lágrimas en los ojos.
—Os lo prometo.
Mateo guardó la carta de su madre en la caja.
Después miró la dirección escrita en el reverso.
La casa del abuelo llevaba años abandonada.
Y, sin embargo, alguien había estado utilizando una cuenta vinculada a Isabel hacía apenas unas semanas.
Alguien sabía que los tres hermanos estaban separados.
Alguien quería reunirlos.
La pregunta era por qué.
Sabía se acercó a la ventana.
La lluvia había cesado, y las primeras luces del amanecer comenzaban a iluminar el jardín.
Después de tres años, había recuperado a su hermano.
Pero la alegría de aquel reencuentro estaba mezclada con una verdad dolorosa: su familia no se había limitado a perder a Mateo.
Había construido una vida entera sobre secretos.
Y ahora esos secretos estaban saliendo a la luz, uno por uno.
Mateo se colocó a su lado.
—¿Estás preparada? —preguntó.
Sabía respiró profundamente.
—No.
Él sonrió con tristeza.
—Yo tampoco.
Ella tomó su mano.
—Pero vamos a ir juntos.
A la mañana siguiente, los dos hermanos saldrían hacia la antigua casa de su abuelo.
No sabían quién los esperaba allí.
No sabían si Isabel seguía viva.
Y no sabían si Gabriel o Marco Bellini intentarían detenerlos.
Solo tenían una carta, una dirección y una promesa que su madre había dejado escrita antes de morir.
Pero aquella promesa bastaba para dar el siguiente paso.
Porque, por primera vez en tres años, Sabía ya no estaba buscando a un hermano desaparecido.
Estaba buscando la verdad sobre su familia.
Y quizá, al encontrarla, descubriría que la persona que más necesitaba ser perdonada no era Gabriel, ni Marco, ni siquiera su padre.
Quizá era alguien que había estado esperando, durante todos aquellos años, a que sus hermanos regresaran.
Continuará en la Parte 4: «La hermana olvidada: el día en que Sabía descubrió por qué su familia había borrado a Isabel de su propia historia».
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