Al ver el registro de la transferencia, su expresión cambió.

—¿Dónde encontraste esto?

—En el archivo de la empresa —respondió Daniel—. Y no es lo único que encontramos.

Sacó una fotografía.

En ella aparecían tres hombres frente a un edificio antiguo. Uno era Gabriel. Otro era Marco Bellini.

El tercero era el padre de Sabía.

Pero la fotografía tenía una fecha impresa en la parte inferior.

Era posterior a la supuesta muerte de Mateo.

Sabía miró a su padre, incapaz de comprender.

—Dijiste que no habías vuelto a ver a Gabriel.

El hombre permaneció en silencio.

Mateo tomó la fotografía.

—¿Cuándo fue esto?

Su padre respiró profundamente.

—Hace dos años.

La habitación pareció quedarse sin aire.

—Nos mentiste otra vez —dijo Sabía.

—Fui a verlo porque quería saber dónde estaba Mateo. Me dijo que no podía revelármelo. Aseguró que, si seguía insistiendo, alguien podría hacerle daño.

—¿Y aceptaste marcharte sin respuestas?

—No tenía otra opción.

Mateo golpeó la mesa con la palma de la mano.

—¡Siempre tienes una opción! Pudiste acudir a la policía. Pudiste contratar a alguien independiente. Pudiste buscarme sin contárselo a Gabriel.

Su padre se levantó.

—¡No sabes lo que estaba ocurriendo!

—Entonces cuéntalo de una vez.

El hombre los miró a ambos.

Por primera vez, parecía comprender que ya no podía protegerse detrás de medias verdades.

—Gabriel no actuaba solo —dijo finalmente—. Había alguien dentro de nuestra propia familia que le proporcionaba información sobre vosotros.

Sabía sintió un escalofrío.

—¿Quién?

Su padre bajó la voz.

—No estoy seguro.

Daniel negó con la cabeza.

—Eso no tiene sentido. Si tenías sospechas, debiste investigarlas.

—Lo hice —respondió el hombre—. Y encontré algo que me obligó a detenerme.

Se dirigió al despacho y regresó unos minutos después con una pequeña caja de madera.

La dejó sobre la mesa.

Dentro había un reloj antiguo, una fotografía familiar y una carta cerrada.

En el sobre estaba escrito el nombre de Mateo.

La letra era de su madre.

Sabía sintió que las piernas le temblaban.

Su madre había muerto cuando ella era adolescente. Siempre había creído que aquella parte de su historia estaba cerrada.

—¿Por qué tienes una carta de mamá? —preguntó.

Su padre acarició el sobre con los dedos.

—Porque me la entregó antes de morir. Me pidió que os la diera cuando llegara el momento adecuado.

Mateo miró a su padre con incredulidad.

—¿Y decidiste guardarla durante todos estos años?

—No sabía en quién podíais confiar.

—¡Somos tus hijos!

El hombre cerró los ojos.

—Lo sé.

Mateo tomó el sobre y lo abrió cuidadosamente.

Dentro había dos páginas escritas a mano.

Leyó las primeras líneas en silencio.

Después se quedó inmóvil.

—¿Qué dice? —preguntó Sabía.

Mateo levantó la mirada.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—Mamá sabía que alguien estaba utilizando a Gabriel para controlar a papá.

Sabía se sentó lentamente.

—¿Cómo podía saberlo?

Mateo continuó leyendo.

—Dice que había descubierto transferencias de dinero y documentos falsificados. También menciona a Marco Bellini.

Daniel se inclinó hacia delante.

—¿Y qué más?

Mateo tragó saliva.

—Dice que, si alguna vez uno de nosotros desaparecía, no debíamos confiar en las explicaciones de nadie hasta encontrar el archivo original.

—¿Qué archivo? —preguntó Sabía.

Mateo dio la vuelta a la carta.

En el reverso había una dirección escrita con tinta azul.

Era la dirección de una antigua casa familiar situada a las afueras de la ciudad.

Debajo aparecía una última frase:

«La verdad está donde comenzó todo. Y la persona que la guarda lleva vuestro apellido».

Sabía sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

Su padre se puso pálido.

—No podéis ir allí.

Mateo lo miró.

—¿Por qué?

El hombre tardó en responder.

Finalmente, susurró:

—Porque esa casa pertenecía a vuestro abuelo. Y porque la última persona que vivió allí fue vuestra hermana.

El silencio fue absoluto.

Sabía levantó la cabeza de golpe.

—¿Qué hermana?

Su padre no respondió.

Mateo lo miró como si acabara de descubrir que no conocía a su propia familia.

—Nosotros no tenemos una hermana.

El hombre se apoyó en la mesa.

—Eso es lo que os hice creer.

Sabía sintió que el mundo volvía a desmoronarse.

Había pasado tres años buscando a su hermano, convencida de que la desaparición de Mateo era el mayor secreto de su familia.

Pero ahora descubría que existía otra persona.

Una hermana de la que nunca había oído hablar.

Una persona cuyo nombre había sido borrado de las fotografías, de los documentos y de todas las conversaciones familiares.

—¿Cómo se llama? —preguntó Sabía.

Su padre miró la carta.

—Isabel.

Mateo retrocedió lentamente.

—¿Qué le ocurrió?

Su padre se llevó una mano al rostro.

—Desapareció antes de que tú nacieras.

Sabía negó con la cabeza.

—¿Y nunca pensaste que debíamos saberlo?

—Intenté olvidarlo.

—No puedes borrar a una persona de una familia solo porque su existencia te duela —respondió ella.