—De un archivo antiguo de la empresa familiar. Encontré la carpeta hace dos semanas, cuando recibí la carta anónima.
Mateo tomó la primera hoja.
Era un registro de llamadas telefónicas.
En una de las líneas aparecía la fecha de su desaparición.
Debajo figuraba una llamada realizada desde el teléfono de su padre a un número desconocido.
La duración era de diecisiete minutos.
—¿Quién recibió esta llamada? —preguntó Sabía.
Daniel negó con la cabeza.
—El número fue dado de baja poco después. Pero hay algo más.
Pasó otra hoja.
Era un recibo de una transferencia bancaria realizada al día siguiente de la desaparición de Mateo. El dinero había sido enviado a una cuenta en el extranjero.
El nombre del beneficiario estaba parcialmente oculto por una marca de tinta.
Sin embargo, las iniciales seguían siendo legibles.
M. B.
Mateo levantó lentamente la cabeza.
—Marco Bellini.
Sabía frunció el ceño.
—¿Quién es Marco Bellini?
Daniel la miró con cautela.
—Un antiguo socio de Gabriel. Según los documentos, ambos trabajaron durante años con varias empresas vinculadas al negocio familiar.
—¿Y mi padre también?
Daniel no respondió.
No necesitaba hacerlo.
Sabía comprendió que el secreto era mucho más grande que la desaparición de su hermano.
Su familia llevaba años relacionada con personas y negocios de los que ella nunca había oído hablar.
Y alguien había decidido que Mateo sabía demasiado.
La casa donde nadie quería hablar
Cuando llegaron a la residencia familiar, ya había oscurecido.
La casa parecía exactamente igual que siempre. Las luces del porche estaban encendidas, las ventanas brillaban bajo la lluvia y el viejo roble del jardín se inclinaba con el viento.
Sabía se quedó unos segundos mirando la entrada.
Durante tres años había regresado allí después de cada búsqueda infructuosa, con la esperanza de encontrar una carta, una llamada o cualquier señal de que su hermano seguía vivo.
Ahora volvía acompañada por él.
Y, por primera vez, tenía miedo de entrar.
Mateo le tomó la mano.
—No tienes que hacerlo sola.
Sabía asintió y abrió la puerta.
Su padre estaba en el salón.
Llevaba una camisa blanca con las mangas remangadas y sostenía una taza de café que parecía haberse enfriado hacía tiempo. Al escuchar la puerta, levantó la cabeza.
Primero vio a Sabía.
Después vio a Mateo.
La taza resbaló de sus manos y cayó sobre la alfombra.
Durante varios segundos, ninguno habló.
El rostro de su padre perdió todo el color.
—Mateo…
Su voz se quebró.
Se levantó tan deprisa que casi tropezó con la mesa y avanzó hacia su hijo.
Mateo no se movió.
—No te acerques.
Su padre se detuvo.
—Hijo, por favor…
—¿Sabías que estaba vivo?
La pregunta quedó suspendida en el aire.
Su padre miró a Sabía, buscando quizá una explicación, una forma de escapar de aquella conversación.
Pero ella no apartó los ojos.
—Contéstale —dijo.
El hombre bajó la cabeza.
Y ese gesto fue suficiente.
Sabía sintió que algo dentro de ella se rompía.
—Lo sabías —susurró—. Todo este tiempo lo sabías.
Su padre se dejó caer lentamente en el sofá.
—No fue como creéis.
Mateo soltó una risa sin alegría.
—Entonces explícanos cómo fue.
El hombre se cubrió el rostro con ambas manos.
Pasaron varios segundos antes de que comenzara a hablar.
—La noche en que desapareciste, recibí una llamada de Gabriel. Me dijo que habías encontrado documentos que podían destruir a varias personas. Me aseguró que te habías marchado voluntariamente y que, si intentaba buscarte, pondría a Sabía en peligro.
—¿Y le creíste? —preguntó Mateo.
—No sabía qué creer. Había amenazas, dinero que desaparecía de las cuentas y contratos que yo nunca había autorizado. Tenía miedo de que alguien estuviera utilizando a mis propios hijos para obligarme a guardar silencio.
—¿Y por eso dejaste que tu hija creyera que su hermano había muerto?
Su padre cerró los ojos.
—Me dijeron que, si os mantenía separados, estaríais a salvo.
Sabía sintió que la rabia le subía por la garganta.
—¿A salvo? ¡Pasé tres años llorando por él! ¡Fui a hospitales, comisarías y refugios! ¡Cada vez que sonaba el teléfono pensaba que alguien iba a decirme que lo habían encontrado!
Su voz se quebró.
—Y tú estabas aquí, sentado en esta casa, sabiendo que podía seguir vivo.
Su padre comenzó a llorar.
Pero aquellas lágrimas ya no bastaban para reparar el daño.
—Lo siento, Sabía.
Ella retrocedió un paso.
—No me pidas que te perdone ahora. Ni siquiera sé quién eres.
Mateo permaneció inmóvil, con la mandíbula tensa.
—¿Dónde está Gabriel?
Su padre levantó la cabeza.
—No lo sé.
—Mientes —dijo Mateo.
—No. Después de la última llamada, desapareció. Durante meses intenté localizarlo. Después recibí una carta que decía que debía dejar de hacer preguntas.
Daniel colocó la carpeta sobre la mesa.
—Entonces explica esto.
Su padre miró los documentos.
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