—Porque hace dos semanas recibí una carta anónima. Decía que Mateo seguía vivo y que la única manera de encontrarlo era subir hasta esta cima.

Mateo sacó algo del bolsillo de su chaqueta.

Era un pequeño dispositivo de almacenamiento.

—Y porque alguien quería que todos estuviéramos aquí cuando la verdad saliera a la luz.

Sabía miró el dispositivo y después la caja oxidada.

—¿Qué contiene?

—Copias de los documentos que encontré hace tres años —respondió Mateo—. Contratos, transferencias y mensajes. Pruebas que relacionan a varias personas con las operaciones ilegales.

—¿Y por qué las escondiste aquí?

—Porque era el único lugar donde pensé que nadie las buscaría.

Daniel negó lentamente con la cabeza.

—No. Hay algo más.

Mateo lo miró con dureza.

—¿Qué quieres decir?

Daniel señaló la parte inferior de la caja.

Allí, casi oculta bajo una capa de suciedad, había una pequeña placa metálica con una fecha grabada.

Era la fecha de la desaparición de Mateo.

Pero debajo había otra inscripción.

Una fecha posterior.

La fecha del día siguiente.

Sabía frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Mateo observó la placa y perdió el color del rostro.

—No puede ser…

—¿Qué pasa? —preguntó Sabía.

Él no respondió inmediatamente. Se agachó, limpió la superficie de la caja y descubrió una segunda línea de texto.

«La verdad no desaparece. Solo espera a que alguien se atreva a encontrarla».

Mateo se incorporó lentamente.

—Yo no escribí eso.

Un ruido seco resonó detrás de ellos.

Los cuatro se volvieron.

Entre la niebla había aparecido otra persona.

Llevaba un abrigo oscuro, botas de montaña y una pequeña mochila. Su rostro permanecía parcialmente oculto, pero caminaba con la seguridad de alguien que conocía perfectamente aquel lugar.

Daniel retrocedió.

—No puede ser.

La figura se detuvo a unos metros de ellos.

—Vaya, vaya —dijo una voz tranquila—. Veo que finalmente habéis conseguido reuniros.

Sabía sintió que el corazón le latía con fuerza.

Conocía aquella voz.

La había escuchado durante toda su infancia, en las cenas familiares y en las celebraciones de cumpleaños. Era una voz que asociaba con seguridad, confianza y protección.

Pero ahora sonaba completamente diferente.

La figura se quitó la capucha.

Sabía abrió los ojos de par en par.

—¿Tío Gabriel?

Gabriel era el hermano mayor de su padre. El hombre que había ayudado a la familia después de la desaparición de Mateo. El hombre que había organizado las búsquedas, pagado a los investigadores y consolado a Sabía cuando todos empezaban a perder la esperanza.

El mismo hombre que le había repetido durante tres años que debía aceptar que su hermano probablemente no volvería.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella.

Gabriel sonrió, pero no había calidez en su expresión.

—He venido a recuperar algo que nunca debió salir de mis manos.

Mateo apretó el dispositivo de almacenamiento.

—Así que eras tú.

La sonrisa de Gabriel desapareció.

—No seas ingenuo, muchacho. No tienes idea de lo complicado que es mantener una familia a salvo cuando alguien decide destruir todo lo que se ha construido.

—¿A salvo? —replicó Mateo—. Me obligaste a desaparecer. Amenazaste a mi hermana y convertiste mi vida en una mentira.

—Yo hice lo que consideré necesario.

—No. Hiciste lo que te convenía.

El viento volvió a soplar con fuerza. A lo lejos, un trueno retumbó sobre las montañas.

Gabriel extendió la mano.

—Dame el dispositivo, Mateo. Nadie tiene por qué salir perjudicado.

Sabía dio un paso hacia delante.

—No vas a llevarte nada.

Su tío la miró con una mezcla de sorpresa e irritación.

—Sabía, no entiendes lo que está ocurriendo.

—Entonces explícame por qué mi hermano tuvo que vivir escondido durante tres años.

Gabriel no respondió.

—Explícame por qué nos mentiste. Explícame por qué organizaste búsquedas si sabías que estaba vivo.

El silencio de su tío fue la respuesta más aterradora que podía haber recibido.

Daniel se colocó junto a Sabía.

—Ya basta, Gabriel. Se acabó.

Gabriel soltó una risa breve.

—¿Ahora te has convertido en un héroe? Hace tres años tuviste la oportunidad de hacer lo correcto y elegiste callarte.

Daniel bajó la cabeza.

—Lo sé. Y viviré con esa culpa. Pero no voy a seguir permitiendo que otros paguen por mi cobardía.

Por primera vez, Gabriel pareció perder el control de la situación.

Miró a los cuatro, calculando sus posibilidades. Después fijó la vista en el dispositivo que Mateo sostenía.

—Si entregáis esos documentos, no solo caeré yo. Hay personas mucho más poderosas involucradas. Personas que no permitirán que nadie las arrastre consigo.

—Entonces tendrán que responder por lo que hicieron —contestó Sabía.

Gabriel negó con la cabeza.

—No sabes lo que estás diciendo.

—Tal vez no. Pero sé que mi hermano merece volver a casa sin miedo. Y sé que nuestra familia merece conocer la verdad.

Mateo miró a su hermana.