Sabía se quedó inmóvil.
El viento le golpeaba el rostro mientras observaba al hombre que acababa de aparecer entre la niebla. Durante tres años había imaginado aquel momento de mil maneras diferentes. En algunas versiones, Mateo regresaba a casa sonriendo, como si nunca se hubiera marchado. En otras, ella recibía una llamada que finalmente le explicaba qué había sucedido.
Pero jamás había imaginado que volvería a verlo en la cima de una montaña, frente a una caja oxidada y una carta que parecía escrita especialmente para ella.
—Mateo… —susurró, casi sin voz.
El hombre dio un paso hacia delante.
—Sabía, no te acerques todavía.
Aquellas palabras la hicieron detenerse.
No porque tuviera miedo de su hermano, sino porque había algo extraño en su expresión. Parecía agotado, preocupado y, sobre todo, aterrorizado.
—¿Dónde has estado? —preguntó ella, mientras las lágrimas comenzaban a llenar sus ojos—. ¿Por qué no volviste a casa? ¿Por qué nos dejaste creer que estabas muerto?
Mateo bajó la mirada.
Durante unos segundos, el único sonido que se escuchó fue el viento silbando entre las rocas.
—No te dejé porque quisiera —respondió finalmente—. Me marché porque alguien me hizo creer que era la única manera de mantenerte a salvo.
Sabía sintió un escalofrío.
—¿Quién?
Mateo miró por encima de su hombro.
Entonces sus ojos se encontraron con los de Daniel.
Y en ese instante, Sabía comprendió que su hermano no había aparecido allí por casualidad.
Daniel retrocedió un paso.
—Mateo, no deberías haber venido.
—¿Eso es lo primero que tienes que decirme después de tres años? —respondió Mateo con amargura—. ¿Ni siquiera vas a preguntarme cómo he sobrevivido?
Daniel apretó la mandíbula.
Los otros dos acompañantes intercambiaron miradas nerviosas. Hasta ese momento habían creído que estaban participando en una excursión complicada, quizá demasiado arriesgada. Ahora comprendían que habían entrado en medio de un conflicto familiar que llevaba años oculto.
Sabía se volvió hacia Daniel.
—Quiero una explicación. Ahora mismo.
Él respiró profundamente.
—Hay cosas que no sabes sobre la desaparición de Mateo.
—¡Entonces cuéntamelas!
—No puedo hacerlo aquí.
Mateo soltó una risa amarga.
—Siempre tienes una excusa, Daniel. Hace tres años tampoco pudiste hablar. Y mira adónde nos ha llevado tu silencio.
Sabía sintió que el suelo parecía moverse bajo sus pies.
—¿Qué ocurrió aquella noche?
Mateo la miró. Su expresión se suavizó al verla tan angustiada.
—Recuerdo que salí de casa después de discutir con nuestro padre. Había encontrado unos documentos que demostraban que alguien estaba utilizando el negocio familiar para ocultar operaciones que no debían existir. Pensé que, si se los entregaba a las autoridades, todo se resolvería.
Hizo una pausa.
—Pero antes de que pudiera hacerlo, recibí una llamada. Me dijeron que tú estabas en peligro y que, si regresaba a casa o hablaba con la policía, te sucedería algo.
Sabía se llevó una mano a la boca.
—¿Por qué no me avisaste?
—Porque también me dijeron que vigilaban nuestras llamadas. No sabía en quién confiar. No sabía si las amenazas eran reales o si estaban intentando manipularme. Así que desaparecí y traté de descubrir quién estaba detrás de todo.
—¿Durante tres años? —preguntó ella, incrédula.
—Durante tres años.
Mateo bajó los ojos.
—Sé que no hay ninguna explicación que pueda reparar lo que te hice pasar. Sé que debí encontrar otra manera de protegerte. Pero entonces pensé que mantenerme lejos era lo único que podía hacer.
Sabía quería abrazarlo y golpearlo al mismo tiempo. Quería preguntarle por cada cumpleaños, cada Navidad y cada noche en que había llorado pensando que nunca volvería a verlo.
Sin embargo, antes de que pudiera responder, Daniel habló.
—No te contó toda la verdad.
Mateo se volvió hacia él.
—Cuidado con lo que dices.
—Sabía merece saberlo todo.
Daniel miró a la joven y luego a la caja metálica que descansaba entre las rocas.
—La noche en que Mateo desapareció, yo fui la última persona que habló con él antes de que abandonara la ciudad. Me pidió ayuda. Yo sabía que había descubierto algo importante, pero tenía miedo de las consecuencias. Mi familia llevaba años trabajando con personas que no aceptaban fácilmente que alguien cuestionara sus negocios.
—¿Y lo dejaste marcharse? —preguntó Sabía.
Daniel cerró los ojos.
—Sí.
La respuesta fue tan sencilla que resultó más dolorosa que cualquier excusa.
—Pude haberlo acompañado. Pude haberlo ayudado a denunciar lo que había descubierto. Pero elegí protegerme a mí mismo.
Mateo no lo interrumpió.
—Después recibí un mensaje —continuó Daniel—. Decía que Mateo había muerto en un accidente. Me enviaron una fotografía de un vehículo destrozado y me dijeron que no hiciera preguntas. Nunca vi un cuerpo, pero tuve miedo de investigar.
Sabía sintió que una nueva pieza del rompecabezas encajaba en su lugar.
—¿Y por qué me dijiste que debíamos venir aquí?
Daniel miró la caja.
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