—Señorita Martinez —dijo Arthur con una voz monocorde, tan fría que parecía emerger de un congelador industrial—. Si la policía de este condado recibe una llamada desde esta dirección, no vendrán a despejar el camino. Vendrán a escoltar a los agentes de la Comisión de Bolsa y Valores que llevan esperando en la rotonda exterior desde las ocho y cuarto de la tarde.

El silencio que siguió a esa frase fue tan espeso que ni siquiera el trueno que quebró el cielo sobre nuestras cabezas logró disiparlo.

George retrocedió un paso, buscando el apoyo de una de las columnas corintias del pórtico.

—Apex… —susurró el magnate, con la respiración entrecortada—. Apex Trust nunca opera en persona. El presidente de la junta es un fideicomiso radicado en Liechtenstein. Llevo seis meses intentando conseguir una audiencia de diez minutos con su representante para renovar las líneas de crédito del puerto de New Bedford…

—No con el representante, George —lo interrumpió mi padre, metiendo las manos en los bolsillos de su gastado pantalón gris—. Con el fundador. El fideicomiso no es una entidad abstracta. Son las siglas de mi abuelo, de mi padre y de la empresa de infraestructuras pesadas que dragó el canal de Cape Cod en los años sesenta. Cuando tu padre todavía vendía repuestos de segunda mano en los muelles de Everett, nosotros ya éramos los dueños de los astilleros.

Beverly soltó una carcajada histérica desde lo alto de los escalones, aunque el temblor de sus manos delataba el pánico que subía por su garganta:

—¡Mentira! ¡Es una farsa grotesca! ¡Mírate! ¡Hueles a aceite de motor barato! ¡Tu coche es una camioneta oxidada que dejamos aparcada detrás de los contenedores de basura para que no arruinara la vista de la pérgola! ¿Pretendes hacernos creer que un multimillonario vive en un barrio obrero de Dorchester y come sándwiches de mortadela en papel de estraza?

Mi padre la miró. Fue una mirada lenta, pesada, la misma que ponía cuando una viga maestra amenazaba con ceder en una obra y todo el mundo corría presa del pánico.

—El dinero huele a lo que tú decidas que huela, Beverly —respondió él, con una calma que aplastaba—. Para ti huele a perfume francés, a satén importado y a la necesidad desesperada de que otros se sientan pequeños para que tú puedas parecer alta. Para mí, el dinero siempre olió a acero fundido, a hormigón y a la sangre de los hombres que dejaron los dedos en las máquinas para que personas como ustedes pudieran organizar fiestas en salones alfombrados.

Se giró hacia Arthur.

—Dales el resumen, Arthur. No tenemos toda la noche y la humedad me está reactivando la artrosis de la rodilla izquierda.

Arthur abrió una cartera de cuero negro, extrajo una carpeta de tapa dura de color carmesí y leyó sin levantar la vista de los documentos, con la precisión de un notario implacable:

—A las diecisiete horas con treinta minutos de esta tarde, la entidad Vanguard Capital ejerció la cláusula de aceleración sobre la deuda subordinada de Martinez Global Logistics. Dicha deuda, que asciende a cuatrocientos ochenta millones de dólares, fue adquirida en su totalidad por Henderson Trust hace cuarenta y ocho horas en el mercado secundario de Nueva York.

George ahogó un grito. Se llevó ambas manos al pecho, arrugando la pechera de su camisa de esmoquin.

—¿Ustedes compraron los bonos basura de la emisión de marzo? —gimió—. ¡Eso era confidencial! ¡El Bank of America me aseguró que el comprador era un fondo de cobertura canadiense!

—El fondo canadiense es una sociedad pantalla propiedad de la división marítima de Henderson —prosiguió Arthur sin alterar el tono—. La cláusula de incumplimiento cruzado se activó automáticamente hace doce minutos, cuando el señor George Martinez no pudo presentar la garantía de liquidez requerida para el pago de los intereses del segundo trimestre. En consecuencia, el cien por cien de las acciones clase A de Martinez Global Logistics, los derechos de concesión de los muelles cuatro y siete de Boston, la residencia familiar en Marblehead y este mismo club de campo, cuya hipoteca matriz está garantizada por sus activos corporativos, han pasado a administración judicial bajo el control directo de Henderson Infrastructure.

El salón de baile, que hasta ese momento había permanecido en una penumbra expectante tras los cristales, comenzó a vaciarse hacia el pórtico. Los inversores, los senadores, los directores ejecutivos y los socios de los Martinez salían con los abrigos en la mano, esquivando a George como si fuera un leproso.

Nadie le dirigió la palabra. Los mismos hombres que hacía media hora le reían las gracias sobre los obreros analfabetos cruzaban la lluvia a toda prisa, llamando a sus propios chóferes y cancelando órdenes de compra desde sus teléfonos móviles.