Mi padre se dio la vuelta hacia el fondo de la armería subterránea. Abrió un armario de acero blindado y sacó dos abrigos impermeables oscuros y una caja metálica que contenía dos pistolas automáticas compactas y tres cargadores de alta capacidad.

Me tendió una de las armas.

—Papá… —dije, sintiendo el frío del metal pavonado contra la palma de mi mano—. Yo nunca he disparado contra una persona. Soy un analista financiero. Arreglo coches contigo.

Mi padre me miró fijamente a los ojos. En su rostro no había duda. Solo la determinación implacable de quien sabe que ha llegado el momento decisivo de su existencia.

—Esta noche no eres un analista, Blake. Y tampoco eres el hijo ingenuo de un mecánico al que esas hienas pensaban pisotear para robarle la herencia de su madre. Eres un Henderson. Y los Henderson protegemos a los nuestros hasta el último aliento.

Cargó su propia arma con un chasquido seco que resonó en el hormigón.

—Arthur.

—¿Señor?

—Activa el protocolo Cero sobre las cuentas de Julian Croft en Zúrich y Singapur. Quiero que para cuando amanezca, ese bastardo no tenga dinero ni para pagar un abogado de oficio en los tribunales de quiebra.

—Ejecutando en este instante, señor.

Mi padre me puso su mano pesada y callosa sobre el hombro.

—Vamos, hijo. Tu madre lleva veinte años descansando bajo esa losa. Es hora de recordarle a esa víbora qué pasa cuando intentas profanar la casa de un hombre que sabe exactamente cómo romper la roca.

Subimos por la escalera de caracol de regreso a la nave del taller.

Afuera, la tormenta rugía con una violencia salvaje, pero el rugido de los motores de los blindados al encenderse en el callejón sonó más fuerte que los truenos.

Subí al vehículo junto a mi padre, guardando el arma bajo el abrigo empapado.

La comitiva salió a toda velocidad hacia las colinas de Mount Hope, cortando la noche con sus luces apagadas, en una carrera contra el reloj donde ya no estaban en juego millones de dólares ni el control de un imperio logístico, sino la última pizca de honor, memoria y dignidad que una familia de hombres duros estaba dispuesta a defender hasta las últimas consecuencias.

— Fin —

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