—Se me colgó del cuello frente a las cámaras. Le pedí que se apartara.

—Tu abuelo me mostró una versión recortada. Dijo que tenían una relación y que tú planeabas casarte con alguien de tu círculo.

La expresión de Julián cambió.

—Nunca estuve con ella. Tampoco supe que Rafael te había buscado.

Lucía le contó de la amenaza recibida meses después, cuando Rafael supo que ella estaba criando a una niña. Había dicho que utilizaría su influencia para disputarle la custodia si revelaba quién era el padre.

—No sabía si podía cumplirlo —admitió—. Estaba sola, acababa de dar a luz y él ya había logrado encontrarnos.

Julián tardó en hablar.

—Debiste poder contarme lo que pasaba sin tener miedo de mi familia.

—Creí que habías elegido quedarte con ellos.

Él miró hacia las puertas del hospital.

—Alma es mi hija, ¿verdad?

Lucía asintió. Julián apoyó una mano en la pared. No intentó acercarse a la niña ni pidió llevársela. Preguntó si podría conocerla despacio, en los momentos que Lucía considerara seguros.

Esa noche fue a casa de Rafael con las fotografías. Su abuelo no negó haber pagado la sesión ni haber mostrado las imágenes.

—Te estaba evitando un matrimonio que habría perjudicado a la familia —dijo desde su escritorio.

—Separaste a mi hija de mí antes de que pudiera conocerla.

Rafael dejó de ordenar sus papeles.

—No sabía que era tuya.

—La amenazaste cuando supiste que tenía una niña.

El anciano intentó hablar de precauciones, de posibles escándalos, de lo que podía perder el grupo familiar. Julián lo interrumpió.

—No vuelvas a buscar a Lucía ni a Alma. Si tienes algo que decirles, tendrás que pasar por los abogados.

Al día siguiente habló con Marina, su prometida. El compromiso había comenzado cuando él llevaba más de 1 año sin noticias de Lucía. Marina sabía que nunca la había olvidado; eso no hacía menos dolorosa la conversación. Acordaron cancelar el anuncio de su boda y contárselo personalmente a sus familias.

Julián empezó a visitar a Alma en presencia de Lucía. La llevó a ver los patos del parque, aprendió a distinguir cuándo tenía sueño y descubrió que una torre de bloques podía hacerla reír más que cualquier juguete caro. Cuando la niña aceptó tomarle la mano por primera vez, él se quedó callado todo el camino de regreso.

Lucía observaba. Quería que Alma lo conociera, pero no estaba preparada para prometerle a Julián que volverían a ser pareja.

Marina la llamó 2 semanas después y le pidió hablar en una cafetería. Lucía aceptó, esperando preguntas sobre el compromiso roto. Marina llegó con varias copias de correos.

—Julián ha pedido favores desde que regresaste —dijo—. Ayudó a conseguirte el departamento donde estás quedándote. También habló con uno de tus clientes para que te ofreciera más trabajo aquí.

Lucía leyó los mensajes. Julián había dado instrucciones para facilitarle la mudanza sin que ella se enterara. En otro correo preguntaba por una guardería cercana para Alma.

—Quizá pensó que te ayudaba —dijo Marina—. Yo necesitaba saber si tú habías podido elegir algo de esto.

Cuando Lucía llegó al departamento, Julián estaba sentado en el suelo jugando con Alma. La niña le mostraba orgullosa una torre de bloques. Él alzó la vista, vio los correos en la mano de Lucía y dejó la pieza que sostenía.

Parte 3

—¿Es verdad que hablaste con mi casera y con mi cliente? —preguntó Lucía.

Julián se levantó. Alma derribó la torre de un manotazo y comenzó a reunir las piezas.

—Quería que pudieras quedarte cerca mientras Carmen se recupera. Podía conseguir condiciones mejores para ustedes.

—Podías ofrecérmelas. Me dejaste creer que las había encontrado por mi cuenta.

—Pensé que si te lo decía, rechazarías cualquier ayuda.

—Entonces sabías que quizá no la quería.

Julián miró a su hija y le pidió a Lucía que hablaran desde la cocina, donde Alma pudiera seguir jugando a la vista de ambos. Allí reconoció que había usado sus contactos sin consultarla. Tenía miedo de que Lucía regresara a Puebla antes de que Alma llegara a conocerlo.

—Mi abuelo decidió por nosotros porque creía saber qué nos convenía —dijo Lucía—. Tú acabas de decidir por mí porque creías lo mismo.

Julián recibió las palabras sin defenderse.

—Tienes razón. Voy a decirles a esas personas que dejen de intervenir. El contrato que aceptaste por tu trabajo es tuyo; no quiero que pierdas ese ingreso por lo que hice. Si prefieres irte, acordaremos cómo podré ver a Alma sin obligarte a vivir aquí.

Lucía no le dio una respuesta esa noche. Durante los días siguientes habló directamente con la casera y con su cliente. Revisó las condiciones, rechazó un descuento que no le habían explicado y buscó otras opciones. Eligió quedarse 1 mes más por Carmen y por el trabajo. Se lo comunicó a Julián después de haber tomado la decisión.