Parte 1
—Si vuelves a decirle a Julián que esa niña es suya, me aseguraré de que no vuelvas a verla.
Lucía recordó la amenaza de don Rafael Ortega al entrar con Alma en brazos al Hospital General de Querétaro. Su hija tenía 18 meses; llevaba 2 años y 3 meses sin ver a Julián. Había regresado porque su tía Carmen, la mujer que la crio tras la muerte de sus padres, estaba hospitalizada por un problema cardíaco.
Alma tiró del cuello de su blusa y señaló las puertas automáticas.
—Luz.
—Sí, mi amor. Vamos a buscar a la tía.
Lucía avanzó hacia el mostrador. No vio al hombre que salía del elevador hasta oír su voz. Julián Ortega hablaba con una enfermera sobre una donación para el área infantil. Lucía se detuvo tan bruscamente que Alma protestó.
Julián giró la cabeza. Se quedó inmóvil al reconocerla.
—Lucía.
Durante un instante ella volvió a ver al hombre que le llevaba café al taller donde trabajaba, antes de que el apellido Ortega se interpusiera entre ellos. Luego recordó las fotografías de Julián besando a otra mujer y la visita de su abuelo la noche en que decidió marcharse.
—Tengo que subir —dijo.
Julián miró a Alma. Los ojos grises de la niña eran iguales a los suyos.
—Te busqué durante más de 2 años. ¿Quién es ella?
Lucía apretó a su hija contra el pecho.
—Se llama Alma. Es mi hija.
—Eso ya lo veo. ¿Por qué te fuiste sin hablar conmigo?
La enfermera regresó con el número de habitación de Carmen. Lucía aprovechó para dirigirse al elevador, pero Julián caminó a su lado.
—No voy a detenerte —dijo—. Solo dime si hice algo que te lastimó.
Ella pensó en enseñarle las fotografías que había guardado todos esos años. No las llevaba consigo. Tampoco podía olvidar que don Rafael había averiguado dónde vivía cuando estaba embarazada y le había hecho entender que su dinero y sus contactos alcanzarían cualquier lugar al que huyera.
—Ahora necesito ver a mi tía.
Julián se apartó. Alma levantó la mano y lo saludó desde los brazos de su madre. Él respondió sin dejar de mirar a Lucía.
Carmen estaba despierta, aunque parecía diminuta entre las sábanas. Sonrió al ver a Alma y dejó que la niña le tocara suavemente los dedos.
—Te encontraste con Julián —dijo cuando Lucía se sentó a su lado.
—Estaba abajo. Vio a Alma.
Carmen cerró los ojos. Durante meses había pedido a Lucía que hablara con él. Había respetado su silencio porque conocía la amenaza de Rafael, pero nunca había estado de acuerdo con que la niña creciera sin saber quién era su padre.
—Julián vino a preguntarme por ti muchas veces —dijo—. La última fue hace 3 semanas. Solo quería saber si estabas bien.
Lucía miró a Alma, entretenida con una esquina de la sábana.
—Vi lo que hizo con aquella mujer.
—Viste lo que Rafael quiso enseñarte.
Carmen señaló el cajón junto a su cama. Dentro había un sobre que Lucía no conocía. Su tía le explicó que lo había recibido hacía poco de una mujer que trabajó para la familia Ortega. Había temido enviárselo sin saber si Rafael todavía vigilaba sus mensajes.
Lucía abrió el sobre. Reconoció la fotografía por el vestido blanco de la mujer abrazada a Julián. Era una de las imágenes que Rafael puso ante ella la noche de su huida. Detrás había otra toma del mismo instante, hecha desde más lejos: Julián intentaba apartarse mientras un fotógrafo captaba el abrazo.
También había un recibo por servicios fotográficos. En la línea del cliente figuraba el nombre de don Rafael.
Parte 2
Lucía dejó las fotografías sobre la mesa de la habitación. Durante años había recordado la mano de aquella mujer en el cuello de Julián. Ahora veía el brazo de él sujetándole la muñeca para apartarla.
—¿Cuándo recibiste esto? —preguntó a Carmen.
—Hace 1 mes. Intenté llamarte, pero me pediste que dejara de hablar de los Ortega. Debí insistir.
Lucía quiso enfadarse. Solo consiguió mirar a Alma. La niña había aprendido a caminar, a pedir agua y a decir mamá mientras su padre buscaba respuestas en otra ciudad.
El médico interrumpió la conversación para revisar a Carmen. Su estado era estable, pero necesitaría compañía durante la recuperación. Lucía decidió quedarse en Querétaro y pidió permiso para trabajar a distancia en el pequeño despacho contable donde llevaba las cuentas de varios negocios de Puebla.
Al salir del hospital encontró a Julián esperándola en la banqueta. Esta vez no se acercó hasta que ella lo miró.
—No sabía si seguías adentro —dijo—. Puedo irme.
Lucía sacó la fotografía original del sobre.
—¿Recuerdas a esta mujer?
Julián reconoció la gala de beneficencia y a la modelo que había intentado fotografiarse con él toda la noche.
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