Amaba que los demás creyeran que había construido.
El despacho elegante debía existir.
El coche debía existir.
Los relojes, las fotografías en restaurantes, los viajes, los trajes y las reuniones con empresarios importantes debían existir.
Todo era decorado.
Y detrás del decorado siempre estaba otra persona pagando.
Primero Clara.
Después Valdés Logística.
Finalmente, cualquiera que pudiera sostener la ilusión.
—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó Clara.
Álvaro la miró.
—No son los hoteles.
Clara colocó sobre la mesa el documento que él había intentado obligarla a firmar.
—Es esto.
Esteban se puso las gafas.
Clara explicó que Álvaro había intentado utilizar una propiedad privativa de ella como garantía para obtener nueva financiación.
También había restringido el acceso a una cuenta común después de que ella anunciara el divorcio.
Pero Álvaro había cometido algo todavía más absurdo.
A las 10:18 del día anterior había transferido 127.000 € de aquella cuenta a una sociedad vinculada a Rivas Estrategia.
—Era una medida preventiva —dijo él rápidamente.
Inés casi sonrió.
—La llamaremos como quieras cuando llegue el momento de justificarla documentalmente.
Mercedes se levantó.
—Esto es una emboscada.
Esteban la observó.
—No, Mercedes. Una emboscada ocurre cuando alguien no ve venir el peligro. Tu hijo llevaba meses recibiendo avisos del departamento financiero por documentación incompleta.
—Vosotros nunca lo aceptasteis —espetó ella—. Siempre lo mirasteis como al marido pobre de vuestra hija.
Clara giró lentamente hacia su suegra.
—Cuando su empresa no podía pagar salarios, yo conseguí el préstamo que evitó que cerrara.
Mercedes abrió la boca.
—Cuando necesitaba oficinas nuevas, las pagó una sociedad de mi familia.
Clara señaló el reloj de Álvaro.
—Cuando quería parecer un empresario de éxito, incluso eso salió del dinero que yo administraba.
Álvaro golpeó la mesa con la mano.
—¡Porque éramos marido y mujer!
—Exactamente.
Clara no elevó la voz.
—Yo creía que estaba ayudando a mi marido. Tú creías que estabas encontrando una fuente de financiación permanente.
Él se levantó.
—Yo levanté Rivas Estrategia.
Mateo pulsó otra tecla.
En la pantalla apareció una tabla.
Ingresos totales.
Ingresos procedentes directa o indirectamente de Valdés Logística.
64 %.
Financiación inicial vinculada a Clara.
Alquiler de oficinas garantizado por una sociedad de Clara.
Vehículos financiados mediante contratos asociados al grupo familiar.
3 clientes principales obtenidos por recomendación de Esteban.
Álvaro contempló los números.
Aquella era la parte que no podía discutir.
Los números no tenían emociones.
No podían ser acusados de estar conmocionados.
No podían ser llamados histéricos.
Clara recordó la grabación.
—Dijiste que yo servía para pagar impuestos, mantener la casa y solucionar problemas.
Álvaro se quedó inmóvil.
—No sé de qué hablas.
Clara pulsó el mando.
Su propia voz llenó la sala.
No la de ella.
La de él.
“Clara nunca se enfrentará a mí.”
Después se oyó la voz de Lucía preguntando si Clara firmaría.
“Un poco de presión y firmará.”
La grabación terminó.
Mercedes volvió a sentarse.
Esteban no miró a Álvaro.
Miró a su hija.
Clara mantuvo las manos apoyadas sobre la mesa para que nadie pudiera ver que le temblaban ligeramente los dedos.
No era miedo.
Era el cuerpo liberando 8 meses de humillación contenida.
Álvaro intentó recuperar el control.
—Una conversación privada fuera de contexto no demuestra nada.
—Correcto —dijo Clara—. Por eso no hemos venido solo con una conversación.
Mateo abrió la última carpeta.
Aparecieron imágenes de seguridad de un hotel situado a pocos minutos del lugar donde Clara había sufrido el accidente.
Hora: 20:47.
Álvaro y Lucía entraban juntos.
En otra imagen aparecían esperando el ascensor.
En una tercera, Álvaro rodeaba la cintura de Lucía con el brazo.
Clara había realizado su primera llamada desde el coche accidentado a las 20:49.
Álvaro había rechazado 3 llamadas.
Luego había escrito que no podía acudir al hospital porque estaba ayudando a Lucía durante una crisis.
Nadie habló durante varios segundos.
Clara sí.
—Ahora entiendo por qué tardaste 4 horas en llevarla a casa.
Lucía, desde el exterior, comenzó a discutir con alguien en recepción. Su voz atravesó débilmente la puerta.
Álvaro cerró los ojos.
Todo su personaje se derrumbó en segundos.
—Clara…
Era la primera vez que pronunciaba su nombre sin arrogancia desde el accidente.
—Podemos arreglarlo.
Ella negó lentamente.
—Eso es exactamente lo que he hecho durante 6 años.
Álvaro se acercó un paso.
—Cometí errores.
—No fue un error.
Clara señaló las carpetas.
—Un error ocurre una vez. Tú necesitaste sociedades, facturas, transferencias, mentiras y meses de planificación.
La puerta se abrió.
Lucía apareció acompañada por una empleada del área jurídica.
Ya no parecía segura.
Miró a Álvaro.
—Me han dicho que quieren preguntarme por las facturas.
Álvaro respondió inmediatamente:
—No digas nada.
Ese impulso lo terminó de hundir.
Lucía lo comprendió.
Miró la pantalla, vio su nombre junto a 186.000 € y su rostro cambió.
—Me dijiste que esos contratos estaban aprobados por Clara.
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