Der Brief endete mit einem einfachen Satz:

„Dank Ihrer Arbeit kam meine Tochter nach Hause und ich konnte sie wieder in die Arme schließen.“

Mercedes las diese Worte langsam.

—Warum habe ich das noch nie zuvor gesehen?

Joaquín blickte sie traurig an.

—Ich habe es dir gezeigt, als es ankam. Du sagtest, du seist mit den Vorbereitungen für Beatriz’ Geburtstag beschäftigt.

Mercedes legte den Brief auf ihre Knie.

Zum ersten Mal begriff er, dass Elena ihr Leben nicht aus Verachtung für die Familie verheimlicht hatte.

Er hatte gelernt, sie vor Gleichgültigkeit zu schützen.

In Pozuelo de Alarcón entdeckte Beatriz unterdessen eine unangenehme Wahrheit über ihre Ehe.

Eines Nachts ertappte er Álvaro dabei, wie er eine Geschäftspräsentation durchging.

Auf einer Folie war ein Foto von Elena zu sehen, wie sie bei einer offiziellen Veranstaltung mehrere Offiziere begrüßte.

Der Text legte nahe, dass das Unternehmen enge Beziehungen zu Militärangehörigen unterhielt.

“Wusste Elena, dass du dieses Foto benutzt?”, fragte Beatriz.

—Es geht um das öffentliche Image.

—Das habe ich dich nicht gefragt.

Álvaro klappte den Computer zu.

—No necesitaba pedirle permiso para mencionar que es familia.

—Estás haciendo creer que respalda nuestra empresa.

—Beatriz, así funcionan los negocios.

Ella sintió una mezcla de vergüenza y decepción.

Recordó cómo Álvaro había ridiculizado a Elena durante las cenas navideñas. Cómo aseguraba que cualquier empresa privada gestionaría mejor los recursos militares. Cómo se burlaba de sus condecoraciones sin siquiera conocer su significado.

—Llevas años despreciando su trabajo.

—Nunca la he despreciado.

—Le ofreciste revisar las entradas de tu oficina.

—Era una broma.

—Entonces, ¿por qué utilizas su nombre para impresionar a tus clientes?

Álvaro perdió la paciencia.

—Porque tiene contactos importantes, Beatriz. ¿Tan difícil es entenderlo?

—¿Por qué no le preguntaste si quería ayudarnos?

Él respondió sin vacilar.

—Porque habría dicho que no.

Aquellas palabras terminaron con cualquier excusa.

Beatriz salió de la habitación y durmió aquella noche en el dormitorio de invitados.

A la mañana siguiente visitó a sus padres.

Encontró a Mercedes sentada en el salón, rodeada de fotografías de Elena.

Su madre sostenía una imagen de las 2 hermanas cuando eran pequeñas.

—¿Recuerdas cuando Elena se rompió el brazo intentando ayudarte a bajar de aquel árbol? —preguntó.

Beatriz asintió.

—Tenía 9 años.

—Después dijo que había subido sola para que yo no te castigara.

Mercedes dejó la fotografía sobre la mesa.

—Siempre fue valiente. Pero creo que confundimos su valentía con la idea de que nunca necesitaba cariño.

Beatriz se sentó junto a ella.

Durante un largo rato ninguna habló.

Finalmente, Mercedes comenzó a llorar.

—Ayer le pedí que se pusiera un vestido para las fotografías. Ni siquiera le pregunté cómo estaba después de trabajar tantas horas.

Beatriz miró sus propias manos.

—Yo hice algo peor.

Su madre levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Durante años intenté convencerla de que su vida valía menos que la mía.

Por primera vez reconocía aquella verdad sin justificarla.

Pasaron 2 semanas antes de que Elena aceptara reunirse con ellas.

Fue Joaquín quien organizó el encuentro en la casa familiar de Aranjuez, donde las hermanas habían pasado sus veranos de infancia.

Elena llegó un domingo al mediodía.

Vestía vaqueros, una blusa blanca y llevaba el pelo recogido.

Mercedes abrió la puerta.

—Estás preciosa, hija.

—Gracias, mamá.

Su madre vaciló.

—Y quiero pedirte perdón por lo del uniforme.

Elena la observó sorprendida.

—No era necesario que llevaras un vestido —continuó Mercedes—. Debería haberme sentido orgullosa de que estuvieras allí, vestida como tú quisieras.

Elena no respondió inmediatamente.

Después abrazó a su madre.

Fue un abrazo breve, pero sincero.

Beatriz esperaba en el jardín, junto al viejo limonero que ambas habían plantado cuando eran pequeñas.

—¿Podemos hablar? —preguntó.

Caminaron hasta un banco de piedra.

Beatriz respiró profundamente.

—He visto las presentaciones de Álvaro. No sabía que había utilizado tu fotografía de esa manera.

Elena permaneció callada.

—Pero sí sabía que quería aprovechar tus contactos —reconoció Beatriz—. Y durante años hice comentarios crueles sobre tu profesión.

—Lo sé.

—No tengo excusa.

Elena se sentó.

—¿Por qué me tratabas así?

Beatriz miró hacia el jardín.

—Porque necesitaba creer que mi vida era mejor que la tuya.

Su hermana frunció ligeramente el ceño.

—Nunca competí contigo.

—Pero yo sí. Tenía una casa enorme, una empresa, un marido con dinero… Pensaba que todo aquello demostraba que había triunfado.

—Y lo habías conseguido. No necesitabas despreciarme.

—Lo sé ahora.

Beatriz comenzó a llorar.

—Cada vez que papá hablaba de tus ascensos, yo cambiaba de tema. Cada vez que alguien preguntaba por tus misiones, hacía una broma. Tenía miedo de descubrir que todas aquellas cosas que yo consideraba importantes no me hacían mejor persona.

Elena la escuchó sin interrumpir.

—Lo peor es que tú nunca me hiciste sentir inferior —continuó Beatriz—. Fui yo quien convirtió nuestra relación en una competición.

Elena contempló el limonero.